viernes, julio 13, 2007

:: capitán sin mar ::


“tío” – para los chicos de la escuela pública que cambian sus monedas por el paquete de maní calientito que vende en la puerta.

desborda el ambiente el aroma tibio de la vainilla, parte de la receta secreta del abuelo, que le legó el barquito. tío es el último capitán del barco.

pintado de tricolor, humeante, desteñido el casco que no conoció mar, desprovista de elegante mascarón la ajada proa que mira hacia ninguna parte.

ruedas que corren sobre el agua dulce del pavimento, no es necesaria la quilla en mar calmo, en olas de adoquines y alquitrán.

no hay hundimiento ni varazón posible en la navegación rutinaria desde el viejo cité del barrio Brasil hasta las puertas escolares.

bolsitas de a 100, colgadas en viejos mástiles sin velas, que esperan a manitos golosas y hambrientas.

el capitán de uniforme blanco, su cotona añosa mil veces hervida en olla, con leña, en el patio común. secreto de la finá la orgullosa blancura del uniforme.

zarpa temprano, después del acicale de lavatorio y tetera caliente, de la peineta plástica y el espejo roto detrás de la puerta, después del jarro de té y la marraqueta con mortadela lisa.

una friega con colonia inglesa de litro y parte al muelle de la calle, y emprende el viaje. un ojo al horizonte. el otro en el balón de 11.

el frío de la mañana, y el de la noche, acompañan cada zarpe, cada despedida de nadie en el puerto de Cueto 234.

la radio de mano, que canta rancheras, tangos y goles. eterna compañía entre el oleaje de gentes que no lo ven, que no lo saludan con pañuelos blancos desde el borde del muelle.

vienen las sonrisas pequeñas, sus monedas, va el maní, el superocho, el Kapo. llegan las lucas, las justas para parar la olla a veces, otras para el desayuno de mañana.

el diario de ayer, bajo el brazo. todo guardado para el otro día. alguna bolsita rezagada para algún pasajero y su tentación vespertina. proa enfilada a puerto. estómago que reclama alimento y poste de luz como faro.

mañana, otro dia. otro zarpe. otra aventura de concreto frío y risas tibias. otro tango, otro bolero llorón. y el aroma tibio de la vainilla.

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